Rectores

CALANDRELLI, Matías
Filólogo y educador. Periodista. Nació en la provincia de Salerno (Italia), en 1845. Cursó estudios de ciencias sociales y de letras en la Universidad de Nápoles, especializándose en lingüística y literatura griega y oriental con los profesores Kerbaker y Lignana. Desde 1868 fue profesor en el Instituto Marotta-Del Vecchio, de Nápoles. Llegó a la Argentina en 1871 para proseguir sus actividades educacionales. A poco de su llegada, dio una serie de conferencias en el Colegio Nacional de Buenos Aires, sobre literatura comparada, crítica literaria, filosofía de la historia, etcétera. A la sazón, era rector de la Universidad de Buenos Aires Juan María Gutiérrez, quien lo nombró profesor de historia antigua en 1872. Al año siguiente Calandrelli fue designado profesor de latín en la citada universidad, en la que estableció en 1874 la cátedra de filología clásica -latín y griego comparados- por Iniciativa del nuevo rector Vicente Fidel López, cátedra que tomó a su cargo hasta la nacionalización de la universidad en 1882. Fue sucesivamente miembro de la Facultad de Humanidades y Filosofía, y representante de la misma ante el Consejo Superior, desde su creación en 1874 hasta su extinción en 1883. Intervino también en la programación de los planes de estudio de la mencionada facultad, incluyendo por primera vez la asignatura historia americana. Cuando se fundó la ciudad de La Plata, Calandrelli fue llamado a dirigir el Colegio Nacional, del que fue profesor y rector hasta 1888. También fue profesor del Colegio Nacional de Buenos Aires, antes mencionado. Se retiró de la actividad docente en 1897. Efectuó varias publicaciones. En 1872, dio a conocer un folleto sobre Lecciones de historia correspondiente al programa de primer año; luego le siguió una Gramática filológica de la lengua latina (1873); una Gramática comparada de las lenguas latina y griega (1875); Ejercicios de traducción de ambas lenguas al español y viceversa; un ensayo de Gramática de la lengua castellana, para uso de las escuelas comunes; un Tratado de orto gratia castellana; un Manual de literatura, latina y griega; varios folletos sobre la enseñanza de las lenguas clásicas. Su obra cumbre fue el Diccionario filológico comparado de la lengua castellana (1880-1916), trabajo original y de mucha importancia, que fue comentado extensamente por Domingo Faustino Sarmiento; precede al diccionario una introducción de Vicente F. López. Calandrelli dedicó esta obra a la memoria de Juan María Gutiérrez y a Vicente F. López. Publicó además Mi novela del año 1000, La liebre del profesor Müller, La sociedad y sus víctimas (escenas bonaerenses), etcétera. Se le debe incluso una breve historia argentina escrita en latín. Colaboró en la “Revista de Educación” (1881) del Consejo Nacional de Educación de la Provincia de Buenos Aires, en la “Revista de Derecho, Historia y Letras” dirigida por Estanislao S. Zeballos y en “El País” (1895), donde publicó un juicio sobre la traducción de Bartolomé Mitre de las Odas de Horacio. Durante muchos años estuvo vinculado al periodismo argentino. Perteneció a la redacción del diario “La Prensa” durante veinte años, abordando los temas más variados con competencia e ilustración. Dio a conocer sus Informaciones gramaticales y filológicas de “La Prensa”, de la que se publicaron dos ediciones. Efectuó trabajos menores, interesándose por la crítica literaria y los problemas sociales. Utilizó como seudónimo el de Salvador de la Fosa. Colaboró activamente en la prensa italiana de Buenos Aires; ya en 1873, escribía en “L’Operaio Italiano”, del que fue director durante algún tiempo; a fines del siglo pasado, sucedió a Silvio Becchia en la dirección del periódico “L’Italia al Plata”. Tuvo también destacada actuación en “La Patria degli Italiani “. Contribuyó al conocimiento de Dante en la Argentina. Falleció en Buenos Aires, en 1919. Formó una familia de intelectuales; uno de sus hijos, Matías E. Calandrelli fue un afamado médico y otro de ellos, Alcides Calandrelli, un jurisconsulto de nota


Saúl Taborda
Nació el 2 de noviembre de 1895 y estudió abogacía en la Universidad platense, publicó su primer libro en 1909 y tradujo a Rilke. En su primer ensayo escrito en 1918 publicó su primer ensayo “Reflexiones sobre el ideal político de América” donde esbozó su ideario anticapitalista. Ejerció su profesión en Córdoba patrocinando el movimiento renovador. En 1921 fue designado rector del Colegio Nacional de la Plata donde emprendió diversas reformas pedagógicas, desarrolló su vocación artística y sustituyó la disciplina patriarcal por un régimen de autocontrol. Escandalizaba su tendencia a guitarrear con el estudiantado lo que le valió la separación del cargo y un confuso proceso judicial por “anarquizador”. Posteriormente se instaló en Unquillo donde pasaría el resto de su vida. Viajó por Europa donde frecuentó a Romain, Rolland y ahondó su formación filosófica sobre todo en el idealismo alemán. Fundó el frente de formación del nuevo orden espiritual FANOE, que fue ahogada por sospechársela de derechista y algo semejante ocurrió con su periódico “Facundo” del que logró editar alrededor de media docena de números a partir de 1935.
Reinvidicó el significado de “Facundo” y de el caudillo, como representante de una democracia bárbara de raigambre hispánica, una democracia precapitalista y por tanto inocente libre de culpa original.
Propuso el municipio como piedra angular de la vida institucional y fustigó a quienes poblaron con civilización europea la superficie de la república.
No fue comprendido, se prohibieron la circulación de sus publicaciones porque “comunalismo parecía resonar a comunismo”. El nacionalismo lo ignoró y el liberalismo le imputó haber dado un salto mortal hacia las regiones del corporativismo y de la política de fuerza.
No fue un apologista de la guerra y nunca tuvo inclinaciones fascistas; repudió la lucha fratricida del Chaco, integrando el comité pro-paz fundado por Deodoro Roca. A pesar de la relativa soledad ideológica su obra reviste excepcional importancia: dirigió el instituto pedagógico de la escuela normal de córdoba y su revista “Educación”. Entregó a la Universidad de Tucumán los originales de la psicología y la pedagogía editadas por la imprenta de la universidad de Córdoba en 1959. Escribió varios ensayos sobre el tema urbano además de escribir sobre Descartes y Bergson.
Murió súbitamente el 2 de junio de 1944 y su tumba es una lápida de granito que recoge esta definición casi perfecta “Saúl Alejandro Taborda vivió y pensó para su tierra”.

Extracto de una nota publicada en www.argiropolis.com

El Colegio Nacional: del affaire Taborda a Martínez Estrada

Entre las dependencias universitarias que estuvieron expuestas a una mayor transfiguración se encuentra el Colegio Nacional y su sistema singular de internado, el cual sería suprimido por considerárselo oneroso y discriminatorio. Asimismo, cabe recordar aquí la gran cantidad de colegiales que habían adherido al extenso paro decretado por la Federación Estudiantil de la Universidad de La Plata.

Como nuevo rector del Colegio se designó al Dr. Saúl Taborda (27-8-1920), quien había jugado un papel preponderante durante la gesta reformista en Córdoba, donde dio a conocer sus esperanzadas Reflexiones sobre el ideal político de América. Anteriormente, había completado sus estudios de abogacía en la misma universidad platense, a la cual representó como alumno ante el encuentro estudiantil efectuado en Buenos Aires hacia 1910.

Desafiando el establishment hasta convertirse en un verdadero piloto de tormentas, Taborda encabeza un profundo cambio pedagógico en ese establecimiento, tendiente a revalorizar la personalidad del alumno secundario. Para ello contó con diversos colaboradores -algunos procedentes también de Cordoba como Carlos Astrada y Héctor Roca, hermano de Deodoro. Mientras Taborda sufrió las fuertes presiones por parte de la derecha y de los grupos desplazados, su presencia fue recibida con entusiasmo y grandes expectativas por los estudiantes, quienes creyeron que, gracias a la tarea de “saneamiento” emprendida por él, había llegado la hora de tener un colegio nacional en serio.

Diversas instancias propiciadas por Taborda permitieron alentar tales augurios, como la apelación a la educación estética, a una mayor vinculación entre docentes y alumnos, o al autocontrol en lugar del disciplinamiento exterior. También cosechó bastante simpatía entre los jóvenes la remoción del plantel docente y la apertura a los profesores partidarios de la Reforma: “Ante el pedido del Centro del Colegio y del Rector Doctor Taborda, el Consejo Superior resolvió exonerar a Héctor Isnardi, suspender a seis profesores y declarar en comisión a todo el personal docente y administrativo. La sociedad de profesores incapaces decretó la renuncia colectiva de sus asociados, creyendo que formaban una casta de insustituibles o considerándose cada uno como el eje central del universo ¡Pobre gente! Eso era lo que esperábamos”.

Otro elemento crucial de la conducción de Taborda fue su proyecto sobre la creación de una casa del estudiante para el encuentro pleno de educadores y educandos, con vistas a efectivizar la función social que se le reclamaba en forma creciente a la universidad. Dicho espacio serviría en particular como sede permanente de la Federación Universitaria y de los centros estudiantiles reconocidos. Invocando el célebre antecedente de la Residencia madrileña, Taborda pretendía imprimirle a su alternativa escolar un alcance teórico-práctico mucho más amplio. Entre las finalidades programadas para ese hogar estudiantil, se incluían un museo universitario para preservar la memoria histórica de la Reforma y una peculiarísima exposición, donde se exhibirían “todas las obras de mal gusto que llenan La Plata”.

Dentro de la experiencia educativa, Taborda prioriza el papel del estudiante sobre el del profesor, mientras que, siguiendo los conceptos de D’Ors ya citados, replantea la noción de autoridad como derivada de quien produce o crea. Por otra parte, objeta como defectuosa la forma en que se había ensayado la extensión universitaria hasta ese entonces, por hallarse limitada en ella la participación de los trabajadores:

la Universidad arrojó al pueblo una migaja de su tesoro en lugar de entregarle todo el tesoro. Lo que ha menester el pueblo no es una mera “extensión”; es todo el contenido cultural que pueda dar la universidad. El sistema de la limosna es una creación del adinerado egoísta; y paralelamente, el sistema de la “extensión”, del reflejo, del brillo lejano de la sabiduría, sólo puede caber en las concepciones de minorías mezquinas que creen que la ciencia es un privilegio de los signados por el dinero, la suerte o el nacimiento. Lo que ha menester el pueblo es todo el acerbo de la cultura y si las Universidades se niegan a darlo, mal están las universidades en el dolor de este siglo.

Demás está decir que la Casa del Estudiante, a la que sólo concibo como hogar espiritual de puertas abiertas para todos sin distinción, responde al íntimo y grande anhelo social de que la cultura en sus múltiples manifestaciones se vuelque en el alma de nuestro pueblo. “La humanidad como ideal del hombre: tal es el sentido de la educación”, escribe García Morente en el comentario de Natorp

Además de la conmoción producida por las remociones docentes, el planteo sobre la casa estudiantil también suscitó diversos enfrentamientos y disputas. Al no satisfacerse en un comienzo los reclamos de la FULP, para que se destinara a dicho fin uno de los locales ocupados por el antiguo internado, se tomó este edificio, el cual terminaría por serle concedido a la Federación, provocándose con ello el descontento de las facultades que pensaban disponer de esas mismas instalaciones. En marzo de 1921, Taborda aparecía asediado por diversos intereses materiales y discrepancias ideológicas, especialmente por quienes estaban al frente de la universidad: Carlos Melo, como presidente, y el Ing. Eduardo Huergo, en calidad de vicepresidente. Mientras este último pedía la separación de Taborda por haber fracasado en su métier, generando el caos, Melo resuelve por su cuenta clausurar el colegio y suspender al rector. Para el enfoque elitista de Melo se trataba de optar por una alternativa en la cual o preponderaba la voluntad de los alumnos o decidían “los hombres de pensamiento”.

Ya antes del mencionado conflicto, en el discurso con el cual Melo reinauguró los cursos -tras diez meses de interrupción-, aquel había mostrado su raíz conservadora, al recurrir a argumentos malthusianos y exaltar la misión planetaria de los Estados Unidos: “están absorbiendo la riqueza y desplegando no sólo una inteligencia industrial y comercial, sino un alto pensamiento filosófico, una alta aspiración religiosa y moral, que los pondría a la cabeza de la civilización humana”. Se trataba de un porvenir venturoso -nada menos que “la dirección del mundo civil”- que también le vaticinaba Melo a la propia República Argentina.

La oposición contra Taborda también fue sustentada por parte de sectores estudiantiles que, como los de derecho y química, llegaron a escindirse de la Federación Universitaria, criticando la absoluta anarquía imperante en el Colegio Nacional y la prédica que se hacía en él de doctrinas contrarias a las instituciones republicanas. La Asociación Pro Cultura Secundaria -presidida por un militar- y un comité anónimo de estudiantes del colegio nacional, levantando la bandera de la argentinidad, denunciaron que el colegio se había convertido en un centro de perversión moral e intelectual para la juventud, pues no se respetaban en él a los profesores y se caía en prácticas irreverentes -como fumar y tocar la guitarra, decir obscenidades, reunirse con mujeres, oponerse a los obreros rompehuelgas, o asistir libremente a clase. En semejante contexto, Taborda era tildado de traidor a la patria, por supuestas simpatías con la Revolución Rusa, por propagar ideas libertarias y maximalistas.

La respuesta de Taborda no se hizo esperar. En una extensa nota-affiche, dirigida al Consejo Superior de la UNLP, condena los procedimientos arbitrarios e inconsultos de Carlos Melo, por hallarse orientados a demostrar el colapso de la Reforma Universitaria e, indirectamente, del mismo gobierno nacional. Taborda se niega a entregar el colegio a otro poder que no fuese el del propio Consejo -como su único soberano y juez-, desconociendo la decisión de Melo, a quien acusa de estar guiado por “prejuicios inconfesables” y por un “estrecho patrioterismo de caldo gordo”.

La adhesión que recibió Taborda tuvo diversas facetas verbales junto con otras manifestaciones que se volcaron hacia una resistencia activa.

En el primer caso, Taborda llegó a ser postulado como epítome y mártir de la Reforma, de una causa imbuida de eticidad e idealidad que se abría camino gracias a las nuevas generaciones y a los más altos exponentes del pensamiento y el arte. Se trataba en síntesis de un espíritu distinto que confiaba en la capacidad juvenil para transformar el mundo mediante las ideas y el amor. La libre investigación y el autogobierno aparecían como valores superiores, reconociéndose hasta en el mismo alumno secundario una personalidad propia y formada que, como al estudiante de enseñanza superior, le permitía elegir las autoridades y los docentes. Así como se llegó a ver en Taborda a la más acabada concreción de las aspiraciones estudiantiles y el único resultado efectivo de la huelga grande, también se puso como modelo al colegio en cuestión, por ser el primero en el país que inició una tendencia a favor del desarrollo integral del educando. A esto debe añadirse que la Casa del Estudiante, planeada por Taborda, fue incluso concebida como el sitio donde iba a lograrse la fusión definitiva con los obreros.

Por otro lado se ubicaba a quienes, mediante maquinaciones reaccionarias, atentaban contra la consolidación de dicho emprendimiento: catedráticos fosilizados, con cuello duro y el cerebro más duro aún, a los cuales se les atribuía mucha mezquindad y podredumbre. Asimismo, se hablaba de jesuitismo togado, proclive a la militarización, defendido por esa Gran Mentirosa que, según Romain Rolland, representaba la prensa mercantil. En este cuadro disfuncional se recusan, como cuarteles oscuros y horribles, las escuelas y los colegios que no cumplían con su misión de educar.

El blanco individual de esos ataques se corporizó sobre todo en Carlos Melo, juzgado como un oportunista que, para obtener su cargo, primero se muestra partidario de la Reforma y luego adopta una actitud provocativa -al nombrar profesores rechazados por los estudiantes y calificarlos como imposibilitados para pensar independientemente. A Melo, además de imputársele un “liberalismo de pacotilla” -sectáreo y utilitarista-, se lo trató como “mal nacido y cobarde”, por haber puesto en duda la honestidad de las alumnas reformistas que apoyaron a Taborda. Un propio par de Melo, Alejandro Korn, en su calidad de consejero, se refirió con igual dureza al presidente de la UNLP:

[…] habíamos logrado, a pesar de serios obstáculos, reabrir los desiertos claustros, renovar el cuerpo docente, normalizar la enseñanza, mantener relaciones cordiales con el alumno y calmar su intensa inquietud. Restablecida la autoridad moral del gobierno Universitario, nos hallábamos en vísperas de liquidar los últimos resabios del pasado y la serenidad y el amor al estudio volvió a los espíritus. Y esta es la ocasión que elije el Señor Presidente para provocar un nuevo conflicto, atizar la discordia entre los estudiantes, sublevar las más enardecidas resistencias y poner en peligro toda la obra realizada por este Consejo.

Puede imaginarse en un hombre de Gobierno mayor falta de cordura? No le bastaba el ejemplo de su antecesor? Podía imaginarse alguien que esta casa, centinela avanzado de la reforma Universitaria, se puede gobernar sin el concurso de sus alumnos?

[…] Y todo esto por qué y para qué? Porque ofuscado por un encono personal no pudo esperar dos días la decisión del Consejo que al fin ha dado pruebas de conocer sus obligaciones. Se nos habla de anarquismo en el instante mismo en que se intenta de nuevo hundir a la Universidad en la anarquía. Aquí no hay más anarquista que el Señor Presidente.

No se hasta qué extremo piensa llevar su obsecación, en qué medida realizará su intento de perturbar, pero se que esta presidencia se ha suicidado.

En un reportaje efectuado a Korn por el periódico La Reforma (La Plata, 2-4-21), aquél reitera sus acusaciones contra Melo, por alterar el orden académico con sus prevenciones personales y con una concepción errónea que poseían los universitarios procedentes de Buenos Aires, quienes desconocían el ámbito platense, “donde la juventud, después de su airosa lucha, ha adquirido la plena conciencia de su voluntad y de su poder”. Además de negarle a Melo toda autoridad, Korn emitía una voz de alerta, con un diagnóstico poco optimista pero bastante previsor:

[…] Toda tentativa artera para deprimir la autoridad de los Centros estudiantiles levanta la más vehemente protesta. Luego se pierde la medida de las cosas si cada desplante juvenil, cada palabra descomedida, cada arranque apasionado se magnifica y se convierte en cuestión de estado. Llamar inculta a esta juventud tan llena de intereses intelectuales, amenazarla con la represión, herirla en sus sentimientos más o menos legítimos, carece de tolerancia y de ecuanimidad, son todas posturas contraproducentes.

La situación de la Universidad es sumamente grave y no podemos ocultarnos que su misma existencia se halla en peligro. Una gran obra reparadora, y bien encaminada se ha comprometido con incalificable ligereza. Quizá ni la renuncia del doctor Melo sería suficiente para salvarla, mucho menos su continuación en la Presidencia.

Las aludidas apreciaciones en favor de Taborda y en contra de Melo, fueron sostenidas por diversos sectores académicos. Por un lado, los centros estudiantiles del Colegio Nacional y del Liceo de Señoritas, o la Comisión Investigadora ad hoc nombrada por la FUBA -donde intervino un destacado reformista como Horacio Trejo. También figuran en esa posición un Comité Pro-Afianzamiento de la Reforma Educacional (secciones La Plata y Buenos Aires) y un grupo de profesores del Colegio Nacional que incluye nombres de jóvenes distinguidos como Alberto Palcos, Leopoldo Hurtado, Roberto Giusti, Carmelo Bonet, Carlos Astrada, Emilio Biagosch, Héctor Roca y Gonzalo Muñoz Montoro, quien se desempeñó como secretario del establecimiento.

Las baterías reformistas terminan apuntando sobre el mismo Consejo Superior, al cual se le objeta que, no obstante haber comprobado la falsedad de los cargos que pesaban contra Taborda, optó por prescindir de él. Algunas versiones fueron verdaderamente lapidarias: “La fuerza reaccionaria que hoy tiene por representante y brazo derecho a la mayoría del Consejo universitario de la Plata, se atrae con su resistencia el desprecio de toda la juventud argentina consciente, que está con vosotros […] Habéis derrocado a Melo porque os convenía y con ese fin veías con agrado la acción de la juventud; pero caeréis todos vosotros por la fuerza aquella que en un tiempo pudisteis creer vuestra, pero que en realidad es grande porque es libre, y es fuerte porque tiene una gran fe en su victoria. ¡Cuidado, viejos, cuidado con la juventud del Colegio Nacional, sobre ella están los ojos de la nación y de la justicia!.

Ya habían transcurrido varias semanas desde que el 17 de marzo, Taborda, junto con el alumnado, tomaron el edifico del colegio para asegurar el dictado de las clases ante la clausura impuesta por Melo. Más tarde, cuando el Consejo Superior decide separarlo de sus funciones, aquél se atrinchera dentro del establecimiento con una guardia estudiantil permanente que se opone a esa medida. El Ing. Huergo, nuevo presidente -en ejercicio- de la universidad, deriva la cuestión al poder judicial, el cual resuelve rodear el colegio, cortarle el teléfono, la electricidad, la luz y el agua, hasta que el 20 de abril se dispone la intervención policial que desaloja el local y detiene a los ocupantes. Además se “secuestraría” allí material bibliográfico -como el libro Páginas Rojas y la revista libertaria Quasimodo- junto con un pizarrón en el cual se transcribían telegramas alentadores enviados por Deodoro Roca desde Córdoba con este tenor: “La caída de Taborda es el mejor índice de la fuerza que representan nuestros ideales, ella nos animará para nuevas luchas. Pronto nos veremos”

[…] Taborda, tu acción representa el más alto y más grande esfuerzo que se ha hecho en la historia educadora del país. Has salvado con ella la dignidad de la reforma. Doblemente unido en el ideal y en el afecto, piensa que estaremos siempre a tu lado” (53).

Al mes siguiente, el Centro de Estudiantes hace conocer su opinión sobre lo ocurrido en un manifiesto firmado por quienes iban a tener una relevante trayectoria en el futuro: Luis Aznar, Pedro Verde Tello, Carlos Amaya, José Rodríguez Cometta, José María Lunazzi, José Katz y otros. Allí se trazaba una evaluación positiva sobre la actuación de Taborda y se lamentaba la “defección” de la FULP por haberse plegado medrosamente a la política del Consejo Superior que hizo encarcelar a los alumnos del colegio y clausurar su local de reunión, señalándose la semejanza con el clima represivo vivido durante la gran huelga: “cuando los conflictos del aula se solucionaban con el machete policial; cuando a los jóvenes que querían derribar los muros carcomidos de la vieja universidad se les pagaba con el calabozo”. Por otra parte, en el mismo manifiesto se sostenía un avanzado paradigma de Colegio Nacional, con igual autonomía que las facultades y con su dirección en manos de los alumnos, propugnándose una revolución estudiantil en la educación pública. Estas ideas se contraponían a las que sustentaban algunos profesores interesados en desvincular por completo al colegio de la universidad.

La etapa subsiguiente en el devenir del reformismo platense va a estar sembrada de obstáculos, pues, en coincidencia con el giro conservador que introduce el gobierno de Alvear, la misma comienza prácticamente con la exoneración de Taborda junto a la suspensión de los dirigentes estudiantiles y se desarrolla bajo el rectorado de una figura ajena a los nuevos ideales pedagógicos: Benito Nazar Anchorena. Éste, si bien no pudo lograr su reelección por faltarle el apoyo de la FULP, reaparece más tarde como interventor de la universidad porteña con el cuartelazo de 1930, a partir del cual se fractura por largo tiempo la capacidad autogestionaria de las universidades argentinas.

Sin embargo, durante los años veinte no dejó de verificarse una gran variedad de expresiones que renuevan sensiblemente el ámbito académico e intelectual en La Plata. Entre esos indicadores progresistas se encuentran algunos particularmente significativos para la causa de la Reforma y que deben ser objeto de investigaciones muy puntuales. Así tenemos la trascendental participación platense en el Congreso Internacional de Estudiantes efectuado en México hacia 1921; las estrechas conexiones entabladas con el emergente aprismo peruano; la aparición de revistas juveniles como Valoraciones, Estudiantina, Sagitario, Diógenes, Don Segundo Sombra; la obra de autores como Alfredo Palacios, Pedro Henríquez Ureña, Julio V. González, Carlos Sánchez Viamonte o José Gabriel; los nuevos liderazgos estudiantiles ejercidos por Emilio Azzarini, Ricardo Balbín, Bartolomé Fiorini, Guillermo Korn, Luis Heysen, José Katz, José María Lunazzi, Eugenio Pucciarelli, Aníbal Sánchez Reulet, Emilio Ringuelet, Juan Manuel Villareal y otros.

En cuanto al Colegio Nacional en sí mismo, pese a las depuraciones docentes que se le efectuaron a la radicalizada gestión de Taborda, hacia 1923 el cuerpo profesoral contaba con figuras como las de Rafael Alberto Arrieta, Narciso Binayán, Arturo Capdevila, Alberto Palcos, Abraham Rossenvasser y Carlos Sánchez Viamonte. El año siguiente denota un hito trascendental, pues se establece en la Plata la primera emisora universitaria de Latinoamérica -con una línea especial para el mismo colegio en cuestión-, se aprueba una nueva currícula que añade un año más a los estudios, ingresa Ernesto Sábato como alumno y se incorporan nuevos profesores al establecimiento -Fernando Márquez Miranda, Gabriel del Mazo y dos figuras de enorme gravitación: Pedro Henríquez Ureña y Ezequiel Martínez Estrada, el cuale accede a la cátedra de literatura universal y al poco tiempo revela excelentes condiciones para la enseñanza que le ocasionaron el afecto y la admiración de sus alumnos, quienes no resultaban fácilmente complacientes. Recordando a los primitivos estudiantes del Colegio Nacional, cuando hacia 1956 retoma provisoriamente la enseñanza tras un período de apagón universitario, Martínez Estrada señalaba: “Aquellos (alumnos) eran fogosos, apasionados por saber, devoraban libros, me asediaban a preguntas y competían por dar clases mejor que yo […] eran soñadores y creían, como yo, en las cosas increíbles”. En 1945, antes de alejarse del colegio, también había evocado dicha circunstancia en una carta dirigida a los estudiantes que elogiaron su conducta: “Vosotros y yo tuvimos, en aquellos felices días, los mismos maestros (Baudelaire, Poe, Whitman, Mallarmé); yo también era un alumno que con ustedes asistía a ese mundo prodigioso”. Su accionar en La Plata resultó bastante fecundo, colaborando en diversos emprendimientos culturales o en publicaciones como Sagitario y Don Segundo Sombra. Haciendo referencia a su talante cívico se sostuvo: “siempre conservó una recta línea intelectual. Sobre todo cuando las cosas apretaron políticamente, cuando unos se inclinaban o callaban, Don Ezequiel habló”

 


Alfredo Calcagno

Pedagogo y psicólogo, nació en Mercedes (Buenos Aires) el 26 de octubre de 1891.
Murió en La Plata en 1962.

Alfredo Calcagno fue el más destacado cultor de los estudios psicopedagógicos en el país. Comenzó su carrera docente en la Universidad de La Plata, institución que lo becó para realizar estudios pedagógicos y psicológicos en Europa, más precisamente en Bélgica, en 1913 y 1914.

Regresó en 1914 al país, para dirigir el laboratorio de la recién creada Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Platense (hasta 1918) e integrar las Cátedras de Metodología y Práctica de la Enseñanza, y de Psicología y Antropología. En 1916, Calcagno enseñó psicología en la escuela normal de La Plata. Posteriormente, desarrollaría una importante labor de gestión y planificación universitaria, especialmente en el área de la psicopedagogía.

En 1920 fue nombrado profesor titular de Psicopedagogía, director de la sección Ciencias de la Educación, y profesor de Metodología Especial y Práctica de la Enseñanza.

En 1927, y hasta 1930, integró el Consejo general de Educación de la provincia de Buenos Aires.

En 1934 fue rector del Colegio Nacional (cargo en el que se mantuvo hasta 1936, y que ocuparía por segunda vez en 1937), y en 1936 fue elegido decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, cargo que desempeñó hasta 1940.

Luego, Calcagno formó parte del Consejo Superior de la Universidad, y fue guardasellos de la misma desde 1942. También presidió la Comisión de Información Pedagógica, y finalmente, dirigió la Universidad.

Los avatares de la política nacional –la llegada al poder del peronismo- provocaron que Calcagno fuera separado, en 1946, de sus cargos universitarios. Fue reincorporado a ellos en septiembre de 1955, luego de la Revolución Libertadora, que derrocó a Perón.

Más allá de sus actividades de gestión académica, y de sus estudios sobre pedagogía y psicología, también realizó estudios histórico-geográficos, por ejemplo, sobre las ciudades de Mercedes, Bahía Blanca, las reducciones jesuitas y los fuertes de línea de la Campaña al Desierto.

También inventó varios aparatos y dispositivos ingeniosos, que usaba en las investigaciones psicológicas y antropológicas: el hafiestesiómetro, para la medida de la acuidad táctil, el axiestesiómetro, para medir la percepción muscular del espacio, etc.

Entre sus numerosas obras escritas, pueden mencionarse: Laboratorio de paidología. Direcciones y consejos para su instalación y funcionamiento en las escuelas normales y en las universidades (1916); Nuevos instrumentos de antropometría. Descripción y técnica del cráneo-encefalógrafo (1918); Plan y programas de educación manual, sancionados por el Consejo General de Educación para las escuelas de la provincia de Buenos Aires (1929); En torno al estudio de los adolescentes, etc. Además, colaboró en los Archivos de Ciencias de la Educación y en la revista Humanidades y dictó numerosas conferencias y cursos sobre sus temas de especialización.

Alfredo Calcagno fue el continuador y principal discípulo de otro psicopedagogo ilustre: Víctor Mercante.


Lázaro Seigelschifer

Fue un excepcional profesor universitario y secundario, Rector del Colegio Nacional, Consejero Superior de la UNLP, Director de la Biblioteca de la Universidad, Presidente del Centro de Graduados, Presidente de la Sociedad de Escritores de la Provincia, vocal y miembro del Jurado de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores filial La Plata, e integrante fundador del núcleo Amigos de Universitario.

Produjo numerosas obras: “Almafuerte y su medio social”, “El paisaje lírico de la Pampa”, “El paisaje en función del arte”, “Enrique Catani y 9 de Julio”, “La llanura y su poesía”, “Polymnia”, “Defensa y elogio de Sancho”, “Nuestra Juvenilia” (ambientada en el Colegio Nacional), etc. Una figura más que destacada de nuestra región que ha dejado una memoria imborrable y un modelo a seguir.

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