Homenaje a Ernesto Sábato en un nuevo aniversario de su natalicio

«Soy un simple escritor que ha vivido atormentado por los problemas de su tiempo, en particular por los de su nación. No tengo otro título»

Ernesto Roque Sábato nació un 24 de junio de 1911, en Rojas, provincia de Buenos Aires. Allí vivió su infancia hasta que en el año 1924, ingresó al Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata, siguiendo los pasos de sus hermanos.

En las aulas de nuestro Colegio se cruzaría con profesores de la talla de Pedro Henríquez Ureña y Ezequiel Martínez Estrada, a quienes siempre recordará como inspiración para su carrera literaria. Él mismo narra que fue la época del Colegio Nacional la que aprovechó para leer incansablemente.

Este joven de provincia, que a los doce años se sentía solo e incomprendido en la ciudad, buscó en las matemáticas el orden que necesitaba en su vida. Tal vez sea por eso que, una vez graduado como Bachiller ingresó, en 1929, a la Facultad de Ciencias Físico – Matemáticas de nuestra universidad. Prácticamente en esa misma época, el país entraba en una crisis. Era la década de los años 30 y Sábato se volcó a los ideales del anarquismo para luego inclinarse al comunismo.

Cuando surgió la revolución militar de 1930, Sábato abandonó sus estudios y la familia que había formado con Matilde Kuminsky- Richter -su compañera desde los 17 años, quien se convertiría en su esposa y madre de sus hijos – perseguido por la policía. Se convirtió en dirigente de la Federación Juvenil Comunista. En 1934, viajó a Bruselas para asistir a un congreso antifascista. Fue allí donde las dudas sobre el comunismo lo asaltaron derrumbando por completo sus esquemas, lo que lo hizo negarse a continuar su camino a Rusia y huir a París. Sábato cuenta que esa fue la época más dura y difícil de su existencia.

Años más tarde, en 1937, regresó a La Plata donde obtuvo un Doctorado en Física, lo que le permitió acceder a una beca para trabajar en el Laboratorio Curie, en París. Allí asistió a la ruptura del átomo de uranio, que se disputaban tres laboratorios. Cuando venció uno alemán pensó que era el comienzo del Apocalipsis. Fue entonces que abandonó por completo su profesión para dedicase a las letras, convencido de que “la razón no sirve para la existencia”.

Abocado de lleno a su otro amor, la literatura, inició su carrera con un breve artículo sobre La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, que su ex profesor del Colegio Nacional, Pedro Henríquez Ureña, leyó y por el cual le ofreció colaborar en la revista Sur.

En 1945, publica su primer libro Uno y el Universo, lo que le abrirá camino para publicar años más tarde, sus obras célebres: El túnel (1948), Hombres y Engranajes (1951), Sobre héroes y tumbas (1961).

Su destacada labor literaria le traería reconocimientos tanto nacionales como internacionales, entre los que se destacan el Premio Miguel de Cervantes, en 1984; la distinción de Comendador de la Orden de la Legión de Honor, otorgada por el gobierno de Francia, en 1987, y el Premio Jerusalén, en 1989.

Su compromiso con la libertad y la democracia lo llevó, entre los años 1983 y 1984, a presidir la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), a pedido del entonces presidente Raúl Alfonsín, cuya investigación plasmada en el informe conocido como Nunca Más, abrió las puertas para el juicio a las juntas militares de la última dictadura.

En 1992, nuestra Casa de Estudios le otorgó el Doctorado Honoris Causa y nuestro Colegio, en el año 2005, lo nombró Egresado Ilustre. En su honor, la Sala de Lectura de nuestra biblioteca lleva su nombre.

La impronta que dejan nuestros egresados ilustres en nuestras ya centenarias aulas es la que guía los pasos de las futuras generaciones