Por nuestras aulas centenarias: Ezequiel Martínez Estrada

Ezequiel Martínez Estrada

Por nuestras aulas centenarias: Ezequiel Martínez Estrada

Ezequiel Martínez Estrada nació el 14 de septiembre de 1895 en San José de la Esquina, provincia de Santa Fe. A sus cinco años se muda a la localidad bonaerense de Goyena, con sus padres y sus dos hermanos.

Luego de la quiebra del almacén de ramos generales que su familia tenía en el pueblo, sus padres se separan y él, con 12 años, se muda con su tía a Buenos Aires donde comienza sus estudios secundarios en el Colegio Avellaneda. Por razones económicas tuvo que interrumpir sus estudios y comenzó a trabajar en el Correo Central de Buenos Aires, donde permaneció desde 1914 hasta su retiro en 1946.

Sus primeros pasos literarios los da en el campo de la poesía. En 1918, publicó su primera obra Oro y piedra. Años más tarde, le siguieron Nelifelibal (1922), Motivos del cielo (1924) Argentina (1927) y Humoresca (1929), con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. El apoyo de Leopoldo Lugones, resultó trascendental para dar a conocer su obra y hacerse un lugar en el mundo de las letras.

En 1921, se casó con la pintora italiana Agustina Morriconi, quien lo acompañaría hasta sus últimos días.

Ejerce la docencia, desde 1924 hasta 1945, con compromiso y convicción durante más de veinte años en nuestro Colegio. Al retirarse, sus estudiantes de 6° año, le escriben:

De nuestra mayor estima:

Cuando un profesor ha sobrepasado la esfera de sus funciones específicas y ha logrado conquistar entre la masa estudiantil el calificativo de maestro, su ausencia deja un claro en la vida a que pertenece que obliga a quienes lo conocen como alumnos a otorgar un saludo que al adquirir las formas de cordial recuerdo, estimule las ansias del retorno.

Sus alumnos del 6° año del Colegio Nacional de La Plata hacemos votos por la pronta desaparición de las causas que lo alejan hoy de nuestras aulas y sintetizamos nuestro afectuoso reconocimiento en un… ¡Hasta pronto, maestro!

A la que Martínez Estrada responde afectuosamente. En un pasaje de su carta, le dice a sus alumnos:

“… ¡Cuántos pretextos encontrábamos para que las clases y las lecciones fuesen un motivo de anudar más estrechamente nuestras almas! Las autoridades del Colegio esto es todavía un secreto– solamente se enteraban de que seguíamos un programa, pero ¿sospechaban acaso que íbamos creando esta comunidad de las almas; que Baudelaire y Poe, Whitman y Mallarmé nos servían para escaparnos del Colegio y de los libros a un mundo en que éramos todos amigos muy viejos, en que hacíamos de nuestros espíritus un muro infranqueable para la otra realidad de los pasillos y de los celadores? Infortunios y dichas ajenos eran también nuestros; participábamos en la aventura de vivir en dimensiones de espacio y tiempo inconcebibles. Me parece ahora un sueño. No lo era. Aquellas horas nos permiten hoy sentir que nuestras palabras, las de ustedes y las mías, se refieren a una realidad indudable…”

Hacia comienzos de la década del ´30, su carrera toma un nuevo rumbo enfocada en el género narrativo, el teatro y, sobretodo, la ensayística. Entre los años 1933 y 1934, preside la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), cargo que volverá a ocupar entre 1942 y 1946. Durante este período, Martínez Estrada asume la difícil tarea de analizar la condición y la naturaleza de la Argentina.   

Como señala la escritora Nilda Burgos: 

La segunda fase de su vida se inicia hacia 1930 y eclosiona en 1933, año en que publica Radiografía de la Pampaque le vale, nuevamente, el Premio Nacional de Literatura-, libro señero de indagación sobre lo nacional, verdadero hito literario-filosófico de la ensayística hispanoamericana. Ahí el poeta mimado de la élite abandona casi totalmente la poesía porque, como dirá en La Cabeza de Goliat, en 1946: `ante todo el pensador y el artista tiene una misión intransferible, superior a su voluntad, que es la de revelar lealmente aquello que suscitan en él las cosas del mundo en que vive´.

En 1947 publica Invariantes Históricos del Facundo, Niestzche y termina de redactar Muerte y transfiguración de Martín Fierro el texto más completo de análisis y crítica del libro argentino por antonomasia, el Martín Fierro y ahí se suscita la segunda conversión de Martínez Estrada: con lucidez anticipatoria estudia la cultura popular como fenómeno en sí y desenmascara antivalores.

Esos años prolíficos del escritor y pensador santafecino, lo llevan a colaborar con la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampos. Por esa época, se dedica a escribir el Compendio de clases dictadas en el Colegio Nacional de La Plata.

En los años ´50, Ezequiel Martínez Estrada contrae una extraña enfermedad: neurodermitis melánica. Ya instalado en su casa de Bahía Blanca, desde finales de 1949, el escritor se dedica a combatir su terrible enfermedad. Para 1956, recobra su salud y retoma su carrera con las publicaciones de Marta Riquelme y Sábado de gloria.

Luego de estos años de padecimientos, estudia a fondo la vida y la obra de Montaigne, Balzac y Niestzche y publica Heraldos de la verdad, Realidad y fantasía en Balzac. En 1957, preside la Liga de los Derechos del Hombre.

Desalentado por el poco eco que tenían sus ideas entre la clase política y la intelectualidad, se autoexilia durante un año en México, allí ejerció como profesor en el Instituto de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fruto de este año de trabajo es su largo ensayo titulado Diferencias y semejanzas entre los países de América Latina (l962).

En febrero de 1960 viaja a Cuba para recibir el premio Casa de las Américas, por su obra Análisis funcional de la cultura. Alentado por esta distinción y atraído por la reciente revolución, decide instalarse en Cuba, en donde dirigió desde septiembre de ese año hasta noviembre de 1962, el Centro de Estudios Latinoamericanos Casa de las Américas. Allí, traza un ambicioso plan de estudio sobre los grandes próceres del continente que inicia con el fervoroso estudio de la figura de José Martí, y seguiría con la figura del uruguayo José Artigas.

En aquellos años integró el círculo de intelectuales de los primeros años de la revolución cubana. Incluso, editó dos libros de discursos de Fidel Castro, y numerosa propaganda incluyendo “El nuevo mundo, la isla de Utopía y la isla de Cuba”.

En noviembre de 1962, decide regresar a la Argentina y se instala en su casa de Bahía Blanca. ya en el ocaso de su vida, retoma la poesía; pero una poesía cerebral, casi aforismos. Ésta constituye su etapa reflexiva, donde apela nuevamente a valores de actitud como respuesta frente a la muerte. Es la etapa de la sabiduría, pero muy dolorosa y amarga. A los 69 años, fallece el 4 de noviembre de 1964. Desde 1991, su casa funciona como casa-museo y conserva el mobiliario original, la biblioteca y papeles de trabajo del escritor.

Carta de Ezequiel Martínez Estrada sus estudiantes de 6° año del CNLP

En el 135º aniversario de su nacimiento, queremos compartir las palabras que Ezequiel Martínez Estrada dedica a sus estudiantes de 6° año del CNLP.

Con motivo de haber solicitado licencia en las cátedras de Literatura que el profesor Ezequiel Martínez Estrada dictaba en el Colegio Nacional de La Plata, sus alumnos de 6° año le enviaron la siguiente nota:

De nuestra mayor estima:

Cuando un profesor ha sobrepasado la esfera de sus funciones específicas y ha logrado conquistar entre la masa estudiantil el calificativo de maestro, su ausencia deja un claro en la vida a que pertenece que obliga a quienes lo conocen como alumnos a otorgar un saludo que al adquirir las formas de cordial recuerdo, estimule las ansias del retorno.

Sus alumnos del 6° año del Colegio Nacional de La Plata hacemos votos por la pronta desaparición de las causas que lo alejan hoy de nuestras aulas y sintetizamos nuestro afectuoso reconocimiento en un… ¡Hasta pronto, maestro!

En contestación al saludo precedente, el profesor Martínez Estrada dirigió la carta que origina esta publicación.

Buenos Aires, julio 7 de 1945.

A los alumnos de 6° año del Colegio Nacional de La Plata.

A todos y cada uno.

Mis queridos alumnos, mis queridos amigos:

Me han conmovido ustedes con el generoso y cordial mensaje de simpatía, que leí con lágrimas. ¿Para qué voy a intentar siquiera deciros cuánto bien he recibido de esas palabras filiales, que escucho más bien que leo? No lo conseguiría.

La ausencia no me separa de ustedes, al contrario: me acerca más.

Diariamente pienso en nuestro querido Colegio y en ustedes, sin representármelos más que como unidad indivisible en la pluralidad de nombres, rostros, voces y sitios. Es un aula a donde todos los días voy; somos nosotros.

Formábamos de verdad una familia en el seno de otra familia más numerosa, en el seno de otra familia todavía mayor. No nos reuníamos por razones de tareas, de horarios, de deberes; era inevitable que así sucediera, pues nuestro compromiso de encontrarnos provenía más bien de que estábamos obligados a convivir la vida del espíritu, en que poco tenían que ver el Colegio y los libros. Eso se había decidido en otra parte. Colegio y libros eran instrumentos circunstanciales y materiales para aquel encuentro del que resultaba una comunión de espíritus que también podía ser llamada clase, estudio o de cualquier otro modo.

 La verdad es que nos encontrábamos para vivir en un mundo que era mucho más cierto que el de la calle, las casas y los muebles. Un mundo en que también convivían con nosotros grandes hombres, grandes obras, grandes ideas, grandes sentimientos, universales y eternos. Aunque hayamos olvidado el texto literal de las lecciones, ¿cómo podremos olvidar el provecho de aquellas horas en que todos formábamos también unidad de plurales nombres, edades, experiencias y destinos? Todo lo que pudo habernos separado y hasta haber hecho imposible que jamás nos halláramos, concurrió precisamente para unirnos, conocernos y amarnos.

Eso es lo que las cariñosas palabras que he leído me aseguran, y de veras comprendo ese lenguaje. También es el mío. Por eso es justo que a mi vez reconozca mi deuda y que sea agradecido de los bienes que a ustedes les debo. ¡Cuántos pretextos encontrábamos para que las clases y las lecciones fuesen un motivo de anudar más estrechamente nuestras almas! Las autoridades del Colegio esto es todavía un secreto– solamente se enteraban de que seguíamos un programa, pero ¿sospechaban acaso que íbamos creando esta comunidad de las almas; que Baudelaire y Poe, Whitman y Mallarmé nos servían para escaparnos del Colegio y de los libros a un mundo en que éramos todos amigos muy viejos, en que hacíamos de nuestros espíritus un muro infranqueable para la otra realidad de los pasillos y de los celadores? Infortunios y dichas ajenos eran también nuestros; participábamos en la aventura de vivir en dimensiones de espacio y tiempo inconcebibles. Me parece ahora un sueño. No lo era. Aquellas horas nos permiten hoy sentir que nuestras palabras, las de ustedes y las mías, se refieren a una realidad indudable. Pues, si no, ¿es que nos hemos conocido?

Ustedes y yo tuvimos en aquellos felices días los mismos maestros; yo también era un alumno que con ustedes asistía a ese mundo prodigioso. No lo olvidemos. Buscábamos todos, a través de los órganos de pensar y sentir, encontrarnos a nosotros mismos en nuestra condición de hombres, con más conciencia y en más sazonada plenitud. Creían los de fuera que estábamos estudiando; ¡y nos estábamos formando, corrigiendo, nutriéndonos de alimentos que nos han dado esta salud de la amistad! ¿Cómo olvidarme de ustedes? Todos éramos alumnos, repito, y convivíamos una misma vida en las aulas, el único lugar donde ello era posible. Esto inefable– es lo que ustedes me deben y lo que yo, quizás en grado superior, les debo. Pues además obtenía yo una satisfacción infinita al ver cómo penetraban ustedes insensiblemente, con todos los innumerables tesoros de la edad lozana, susceptible de asombros, en esos laberintos de la poesía, la novela, el cuento, donde están escondidas las divinidades que nos dan ánimos y nos enseñan, además, a admirar, amar y comprender. Y a compadecer. Yo también penetraba en los laberintos ahora lo confieso– con miedo, devoción y asombro. ¡Dios quiera que nunca llegue a saber tanto que pierda el miedo, la devoción y el asombro por lo que el espíritu ha realizado, no menos maravilloso que lo que la tierra realizó!

Es posible que nos volvamos a ver antes de terminar el año. Si así fuera, desde ya agregaría la dicha de la esperanza a la del recuerdo. Pero si no fuera así, me basta la seguridad de que nada podrá en adelante separarnos, puesto que tan felizmente nos hemos encontrado y unido para siempre. ¿No es bastante, mis queridos amigos?

Un gran abrazo para todos y para cada uno, hijos míos.

Siempre.